Si asumimos como cierta la historia que nos cuentan acerca de que eso que hoy llamamos arte comenzó como una experiencia mágica en una caverna, no debiera sorprender que este espacio, que hoy nace de las entrañas urbanas, vuelva sobre aquella idea de los orígenes que ha mostrado una insospechada vigencia.
¿Y si con sólo descender unos peldaños pudiéramos volver a ella?
Desde tiempos remotos los espacios subterráneos han cautivado con sus enigmas. Aquella experiencia fantástica, que acompañó al hombre desde los tiempos de las cuevas, por alguna secreta razón, lo siguió en su tránsito a la ciudad. De allí el misterio que aún producen los sótanos, pasadizos y paisajes interiores que las ciudades fueron configurando en su devenir.
Borges imaginó la aparición del Aleph no lejos de aquí, en un sótano de la calle Garay en el barrio de Constitución. La “pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” que se le reveló acurrucado en ese oscuro rincón subterráneo, encerraba infinitos y vertiginosos espectáculos. Era el atisbo de un espacio cósmico que podía contener todos los puntos del universo, el mar, el alba, la tarde, todos los espejos en un espejo y ninguno que reflejara su imagen. Todo eso desde el humilde sótano de la casa de Beatriz Viterbo, la figura evanescente de su relato que evoca en su nombre a la amada del Dante, otro poeta que se adentró en el mundo de las profundidades.

