Si asumimos como cierta la historia que nos cuentan acerca de que eso que hoy llamamos arte comenzó como una experiencia mágica en una caverna, no debiera sorprender que este espacio, que hoy nace de las entrañas urbanas, vuelva sobre aquella idea de los orígenes que ha mostrado una insospechada vigencia.
¿Y si con sólo descender unos peldaños pudiéramos volver a ella?
Desde tiempos remotos los espacios subterráneos han cautivado con sus enigmas. Aquella experiencia fantástica, que acompañó al hombre desde los tiempos de las cuevas, por alguna secreta razón, lo siguió en su tránsito a la ciudad. De allí el misterio que aún producen los sótanos, pasadizos y paisajes interiores que las ciudades fueron configurando en su devenir.
Borges imaginó la aparición del Aleph no lejos de aquí, en un sótano de la calle Garay en el barrio de Constitución. La “pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” que se le reveló acurrucado en ese oscuro rincón subterráneo, encerraba infinitos y vertiginosos espectáculos. Era el atisbo de un espacio cósmico que podía contener todos los puntos del universo, el mar, el alba, la tarde, todos los espejos en un espejo y ninguno que reflejara su imagen. Todo eso desde el humilde sótano de la casa de Beatriz Viterbo, la figura evanescente de su relato que evoca en su nombre a la amada del Dante, otro poeta que se adentró en el mundo de las profundidades.
Gastón Bachelard, ha visto en el sótano el ser oscuro de la casa; el que participa de los poderes subterráneos pero también el que ofrece itinerarios múltiples al soñador. “Quien habita el sótano intenta ir más allá, en su profundidad y en sus límites”, dice y luego nos cuenta la historia del preso que dibujó un tren en la pared de su celda para subirse en él y alcanzar la libertad.
Algo de esto nos hemos propuesto con esta primera muestra en el Centro Cultural MOCA: ir más allá de los límites físicos de su espacio subterráneo, operar sobre sus implicancias de sentido y excavarlas en una suerte de arqueología imaginaria.
La gran tela Ladra el ladrón ladrado de la serie Jeroglíficos de las cavernas de Buenos Aires que Luis Felipe Noé pintó en 1992, en el umbral de la muestra remite a los enigmas de la ciudad desde ese importante capítulo de la obra del artista que lo llevó a pensar la ciudad “como una gran caverna,” colmada de signos a descifrar.
Así, escalera abajo las fotografías de la serie Materia Obscura de Marcelo Grosman disparan nuestra atención sobre coincidencias de tiempo y espacio (Noviembre 1958-Noviembre 2008) y una misma conjunción estelar que pareciera renovar la inquietud por el sentido de las infinitas relaciones astrales que tanto fascinaron a Borges y Xul Solar.
El misterio se desliza como principio común a las obras que en este subsuelo construyen una variante escénica que modifica el espacio. El diálogo con la arquitectura ha sido fundamental en las obras de Leila Tschopp, Viviana Blanco, Diana Lebensohn y Eduardo Stupía. Las cuatro parten de él, se adueñan de paredes y columnas y nos devuelven una experiencia que nos incluye, a mitad de camino entre la ensoñación y la pesadilla. Podría decirse que, de un extremo a otro, la gran pintura mural de Leila Tschopp y el video de Diana Lebensohn se complementan en reforzar la ilusión expansiva que ha convertido este espacio radicalmente en otra cosa. No deja de ser un modo de introducirnos en los complejos secretos de la representación, que recorrió diversas instancias desde aquel primer momento mágico de la caverna hasta hoy.
Eduardo Stupía inscribe en el soporte de la arquitectura infinidad de imágenes que proceden de todas y ninguna parte. Son fragmentos que rescatan una memoria gráfica inagotable y funciona como archivo volátil. Su archivo tiene reminiscencias piranesianas y funciona como aquel caudaloso repertorio de Vasi, Candelabri, Lucerne y Ornamenti que invadía los grabados de Piranesi, a medida que emergían, como restos del pasado grandioso que el siglo XVIII desenterró.
Sepultada en una montaña de arena la moto de Horacio Zabala alude a un viaje detenido en el tiempo. ¿Resto de una civilización pasada que se consumió a sí misma y quedó atrapada en las profundidades? La noción de ruina emerge en esta transposición contemporánea de una alegoría de Durero que el artista vincula al universo underground- en otra implicancia de lo subterráneo-, y su mitología. Encarnación de una ideología transgresora, individualista y nómade, su moto varada en la arena desliza en el título de la obra una cita de Nietzsche para pensar: EL DESIERTO CRECE.
Así también el gran Hongo nuclear rojo de la serie de poliuretanos de León Ferrari funciona como modo de activar la memoria. Advertencia que no llega a anular la seducción que ejerce esa forma, aún con lo inquietante que puede ser encontrarla agazapada en un rincón.
Pero lo subterráneo es también refugio, espacio de reserva de energías físicas y mentales y oscuridad que inquieta como la gruta que aspira los papeles que vuelan en el dibujo de Andrés Aizicovich. Como las semillas que durante el invierno permanecen bajo tierra, el personaje de la escena que presenta Florencia Rodríguez Giles en un recodo de este subsuelo, yace en un estado de concentración que tal vez haya durado siglos. Replegado sobre sí, su respiración leve es quizá el único signo que nos sugiere que es un ser vivo.
¿Serán esos mismos enigmas de las profundidades lo que llama la atención de los animales en la amplia escena de Viviana Blanco? ¿Qué los lleva a hurgar en esos huecos diseminados aquí y allá? ¿Son huecos o nubes que flotan sobre la escena? Varios acontecimientos y varias visiones que tienen lugar a un mismo tiempo.
Mónica Millán excava las entrañas de la tierra y amasa ladrillos de paja y tierra para construir una guarida a una cierta medida. ¿Cuál es esa medida? Visto desde hoy su minucioso trabajo manual resulta excesivo, diríase fuera de medida. Pero acaso su medida tenga estimaciones múltiples y sirva entre otras cosas para medir el valor del esfuerzo y la importancia de un refugio.
Impulsado hacia una y varias direcciones puede que el espectador tenga aquí la sensación de estar atrapado en un laberinto. Lo que aquí se le ofrece no es otra cosa que el intento de evocar a través de fragmentos, una experiencia fundacional en el relato del arte que estuvo marcada por la inquietud y el misterio. Pero además si el espacio se multiplica aquí como un sistema de espejos en gran medida es porque los medios y recursos puestos en juego desde la pintura, el dibujo, la escultura, la fotografía y también el video, acusan ese devenir revelando su poderosa capacidad de expansión.
